La jarra imperfecta
Y flores en el camino
¿Has leído la historia de la jarra rota?
La escuché en un vídeo —una actriz argentina que protagoniza la serie Envidiosa la contaba con esa cadencia que tienen algunas voces cuando no necesitan exagerar nada—y me acompañó durante días. Tal vez porque últimamente siento que algunas cosas se me escapan. Que la memoria no es un archivo sólido, sino una jarra porosa.
Un aguador llevaba dos vasijas: una perfecta y otra agrietada que perdía agua. La vasija rota, avergonzada, se disculpó por su ineficiencia. El hombre sonrió y le mostró que, gracias a sus grietas, sembró semillas en su lado del camino, creando un sendero lleno de flores que la vasija regó.
Estoy leyendo varios libros sobre la memoria. Acabo de terminar el nuevo de Elvira Sastre, ese híbrido entre fotografía y diario breve. Hay algo delicado en esa forma de escribir: cada imagen es un intento de decir “esto fue real, esto pasó, yo estuve aquí”. Elvira escribe para recordar que ha vivido.
Yo reconozco que las fotografías no me bastan para creerme testigo. Las miro —da igual de cuando sean— y siento una distancia leve, como si esa escena perteneciera a otra versión de mí. Como si la memoria fuera una actriz discreta que interpreta mi vida sin consultarme. ¿Te pasa? ¿Estoy sola en esto?
He empezado también un libro más técnico sobre el funcionamiento de la memoria en el cerebro. Habla de la memoria semántica —la que guarda conceptos y datos—, de la episódica —la que organiza nuestras experiencias—, de la emocional —esa que se queda alojada en el cuerpo, incluso cuando no recordamos el detalle exacto que la originó—. Propone juegos para entrenarla, pequeños ejercicios para fortalecer ese músculo invisible.
Mientras leo, la imagino como un conejo que mastica una zanahoria con paciencia. Se detiene, escucha, da un salto, vuelve. La memoria no es lineal: es un animal inquieto que guarda semillas y luego olvida dónde las enterró.
La literatura siempre ha tenido algo de eso. Escribir es intentar retener lo que se disuelve. Escribir es aceptar que la jarra pierde agua, pero confiar en que algo florece a los lados.
Por eso llevo días dándole forma a un taller online sobre la memoria. Será en marzo y será online. Aún estoy afinándolo, probando la melodía antes de tocarla en público. Me interesa explorar qué recordamos, qué deformamos, qué inventamos sin saberlo. Me interesa la memoria como materia narrativa, pero también como territorio íntimo. Porque recordar no es solo mirar atrás: es decidir qué queremos que se quede.
Anunciaré la fecha por aquí cuando la tenga cerrada. De momento, la idea camina despacio, igual que ese aguador que llevaba las jarras sin quejarse.
Mientras escribo, suena Merino con Xoel López. Hay canciones que me vuelven frágil. Últimamente me cuesta recibir la felicidad sin estar alerta. Como si hubiera aprendido a sospechar de ella. Como si algo pudiera interrumpirla en cualquier momento.
Hoy me he preguntado: ¿qué haremos cuando seamos del todo felices?
Y he deseado que ojalá aprender a quedarnos. No adelantarnos al miedo. Dejar que el agua repose en la jarra, aunque sepamos que algo siempre se escapará.
Aceptar la grieta y cuidar las flores.
Y antes de cerrar, algo importante: gracias por estar aquí. A quienes os habéis suscrito hace poco y a quienes lleváis desde el verano pasado (cuando se inició todo) leyendo. Gracias por acompañar estas palabras, por hacer que esta casa tenga una mesa donde sentarnos a charlar profundamente. Me gusta pensar que este espacio también es memoria compartida.
Nos leemos.
Noelia M.S


